EL BUEN PADRE DE FAMILIA
Sin embargo aquel día abrió la puerta sigilosamente y entró a hurtadillas. Como si fuera un ladrón. Una vez abierta la puerta depositó en el recibidor el enorme paquete envuelto en papel de embalar y subió al desván sin hacer ruido donde lo dejó.
Seguidamente deshizo su camino de nuevo hasta el exterior de la casa, cerró la puerta y ahora sí, pulsó tres veces vigorosamente el timbre esperando con una sonrisa el recibimiento de su familia.
Cuando la puerta se abrió, allí estaban los tres esperándole. Los dos pequeños se lanzaron a la carrera a ver quien se abrazaba antes a sus piernas. Se adelantó y besó a su esposa para después coger en brazos al pequeño. Ese día el gesto no provocó las protestas de la hermana. Era el cumpleaños del pequeño de la casa, y por lo tanto el privilegio estaba justificado.
Aún a pesar de los tiempos difíciles que estaban viviendo, habían acondicionado la casa para ese día especial. Ella había pasado la mañana encerando las maderas y puliendo los metales. Había puesto velas nuevas en los candelabros en previsión de los habituales cortes de energía, y unas flores del prado cercano conseguían confirmar en la estancia que aquel era un día especial.
Antes de cenar pasó un tiempo con la mayor ayudándole con los estudios. Tenía que hacer muchos ejercicios de números primos y las matemáticas nunca habían sido su fuerte. El buen padre de familia, con su inmensa paciencia escuchó sus quejas y la apoyó y orientó hasta conseguir hacerle ver que aquel abismo infranqueable no era más que en una meta a su alcance.
Aún tuvo tiempo para jugar con el pequeño antes de la cena. Como siempre le pidió que jugaran a indios y vaqueros, para terminar haciendo él de caballo y el pequeño de jinete. Desde siempre aquel niño había sentido una fascinación inmensa por los caballos.
Finalmente se sentaron todos en la mesa. El buen padre de familia recitó la plegaria de gracias. Seguidamente dieron cuenta de aquella cena especial. En lugar de las patatas de todos los días hoy tenían auténtico pan de centeno con mantequilla, col agria con tocino y salchichas acompañado de remolacha, puré de castañas y mermelada de frutos del bosque.
A la hora del postre, la madre trajo el pastel de cumpleaños que había elaborado. Una estupenda tarta de chocolate que ella misma había preparado rematada por seis pequeñas velas. El buen padre de familia había subido sigilosamente al desván y bajado el gran bulto envuelto en papel de embalaje. A pesar de la escasez de la época y gracias a su puesto como jefe de admisión le debían algunos favores y había conseguido de uno de los encargados del taller que le fabricasen un magnífico caballo de cartón. Era un precioso caballo de un metro de altura, brillante, casi se diría que real. El niño presa de una gran excitación subió al caballo y pasó todo el resto de la velada recorriendo la casa en él. Fue la fatiga y no el convencimiento quien consiguió al fin descabalgarle para ir a la cama.
Cuando se hizo oscuro llevaron los niños a la cama y él y su esposa quedaron un rato en el salón escuchando las noticias por la radio. Al cabo de un rato subieron a la habitación. Antes de dormir él le hizo el amor con suavidad. Más como una expresión del amor que sentía por ella que por el acto del sexo en sí mismo.
A la mañana siguiente se despertó temprano como todos los días. Se duchó, tomó su desayuno y se vistió.
El buen padre de familia antes de marchar subió a la habitación, se ajustó la guerrera negra con la esvástica en el brazalete. Cogió su pistola Luger y la gorra de oficial, besó a su esposa y le dijo:
Cariño, no me esperes despierta que llegaré tarde. Hoy nos envían dos trenes completos desde Rusia.
© Tale

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