PUPPET FOR PRESIDENT!
(El sistema Parte I)
Desde muy joven, a John Horatius Puppet no le gustaba como era el mundo que veía. Con la fuerza de su ingenuidad infantil siempre pensó que él iba a ser capaz de hacer cambiar el orden establecido.
Dotado de una inteligencia excepcional, Puppet se dio cuenta rápidamente de que el sistema sobre el que funcionaba su país tenía una extraordinaria fortaleza, una enorme capacidad para autoperpetuarse, de que sería totalmente imposible alterar nada desde el exterior. A pesar de los numerosos intentos en ese sentido, nunca nadie lo había conseguido. Las defensas eran demasiado poderosas. La coraza demasiado gruesa. La historia así se lo demostraba.
Así es que Puppet concibió un ambicioso plan. Un plan de muy largo alcance que le iba a permitir a él, John H. Puppet infiltrarse hasta el corazón mismo de los resortes del poder, hacerse con las riendas, para una vez desde ahí asestar el golpe definitivo. Mover las palancas necesarias para reestructurar el mundo de acuerdo a su visión. Se trataba de una obra que le llevaría sin duda toda su vida. Un edificio que habría que levantar con paciencia infinita, ladrillo a ladrillo, con cautela, sin jamás levantar la más mínima sospecha.
Es sorprendente la determinación que una idea puede proporcionarle a un hombre. Ya de joven se afilió en la delegación local del partido, realizando pequeñas colaboraciones. Poco a poco fue ganando confianza, creando una red de contactos que le ayudarían de forma inconsciente en la realización de su plan.
Se presentó como candidato en las elecciones municipales. De ahí siguió teniendo diversas responsabilidades en el condado. Años después fue ayudante del gobernador. Llegó a ocupar durante bastantes años el sillón de gobernador del estado.
Y finalmente, haciendo cierto aquel dicho de que en su país cualquiera podía llegar a ser presidente, inició su carrera como candidato a las presidenciales. Para él fue inesperadamente simple. Arrasó en las primarias para ganar finalmente al candidato del otro gran partido por un holgado margen.
La primera parte de su plan se había cumplido. Acababa de ser elegido el presidente del país más poderoso del mundo. De único imperio auténtico que existía en la tierra.
Dentro de unos minutos iba a dirigirse por primera vez al país como presidente. Dentro de unos minutos iba a comenzar a utilizar sus plenipotenciarios poderes para cambiarlo todo. El sistema iba a ser desmontado desde su propia base. ¡Qué poco se imaginaban las palabras que iban a oír!
A unas decenas de metros de él, su nueva sombra, el coronel Gaylor portaba el maletín que le conectaba con el NORAD, el centro de la defensa aeroespacial. El cerebro de la organización militar. Ese maletín lleno de artefactos electrónicos donde introduciendo unas claves que sólo él conocía podía desatar en cuestión de minutos un infierno en cualquier lado del planeta.
Se acercó al micrófono. Mientras se aclaraba la voz, observó por el rabillo del ojo como Gaylor manipulaba algunos de los controles del maletín. Una comprobación rutinaria sin duda alguna.
Sin embargo, en ese preciso instante sintió algo que jamás antes había experimentado. Una presencia en su interior estaba anulando su voluntad, impulsando a su garganta a articular unas palabras que jamás entró en su plan pronunciar:
Ciudadanos de los Estados Unidos, Dios Bendiga a América!
Su mirada incrédula buscó algún apoyo entre sus acompañantes hasta que enfocó la cara sonriente, satisfecha del coronel Gaylor.
© Tale
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