G.P.S.
El avión paró los motores al aparcar en la terminal. En ese momento el piloto pulsó el interruptor que apagaba la luz de cinturones abrochados. Siempre que pulsaba ese botón tenía la impresión de que al mismo tiempo activaba un barullo en la cabina de pasajeros. Gente intentándose levantar a la vez, obstaculizándose los unos a los otros a la hora de coger sus enseres, lanzados a los teléfonos móviles aquellos que no los habían encendido clandestinamente mientras el aparato rodaba por la pista hacia la terminal.
Como era habitual a última hora del día, el vuelo acumulaba retraso. Poco más de una hora. Nada extraordinario para alguien habituado a ese tipo de vida. Únicamente tenía ganas de terminar cuanto antes. Recoger el coche de alquiler, dirigirse al hotel, llegar a la habitación, cenar algo ligero y si tenía ganas preparar la jornada de trabajo de mañana.
Se insertó entre la fila desordenada del pasillo del avión hasta que consiguió alcanzar la salida. Buenas Noches, gracias por volar con nosotros. Recorrió los inmensos pasillos, rampas y corredores mecánicos algo desolados a aquellas horas hasta que finalmente llegó al mostrador de la empresa de alquiler de coches.
El empleado, un joven despierto con el pelo corto y ojos claros, realizó las verificaciones oportunas y el papeleo con eficiencia alcanzándole un pequeño sobre que contenía las llaves del coche junto a su copia de los contratos.
Abrió un armario a su espalda de donde entre varias bolsas aparentemente iguales, extrajo una que tenía pegada una pequeña etiqueta adhesiva roja. Quitó la etiqueta y extrajo el navegador GPS de la bolsa. Lo puso en marcha y en un par de minutos le dio unas instrucciones básicas sobre el funcionamiento del aparato.– Durante esta semana estamos promocionando de forma gratuita un navegador GPS para todos nuestros clientes. Si espera unos segundos le entregaré el suyo y le explico el funcionamiento.
– Muchas gracias. Es usted muy amable.
– Estamos aquí para servirle. Buenas noches y buen viaje.
Por alguna razón esta vez le habían cambiado el hotel donde se solía hospedar habitualmente. Seguramente estaría lleno. Sabía más o menos a dónde debía dirigirse por haber estado alguna vez pero no se acordaba muy bien, por lo que aquel aparato iba a ser una excelente ayuda.
Al llegar al coche depositó la maleta, comprobó que todo estuviera en orden, puso en marcha el navegador y programó la dirección de su destino. Tampoco estaba muy lejos. Una treintena de kilómetros a lo sumo. Si no había tráfico y sin perderse, en una media hora podía estar en la habitación.
Una agradable voz femenina comenzó a darle instrucciones de forma desapasionada.
– Al llegar a la rotonda salga por la segunda salida.
Él seguía las indicaciones que le iba dando la máquina sin tener que preocuparse por la orientación o elucubrar sobre cuál sería el mejor camino tal y como le pasaba otras veces.
– Siga por el carril derecho. En quinientos metros tome la salida a la derecha.
Abandonó la autopista. Recordaba haberlo hecho otras veces por aquel mismo lugar y se internó por las afueras de un barrio residencial. Continuó siguiendo ciegamente las indicaciones de la máquina que parecía tener un conocimiento sobrenatural respecto a en qué bocacalle convenía girar y en cuál había que proseguir.
Se internó por un polígono industrial adyacente. No recordaba haber pasado nunca por allí. Seguramente el navegador estaba atajando por un terreno desconocido y poco transitado. Se sentía satisfecho de que seguramente iba a ahorrar un poco de tiempo.
A aquellas horas de la noche esa zona industrial estaba completamente solitaria y lo único que alcanzaba a ver eran las sombras alargadas de farolas y carteles en medio de la luz anaranjada. Por precaución pulsó el botón que cerraba las puertas del vehículo. Las cuatro puertas respondieron al unísono con un sonoro clack.
– Al llegar a la rotonda salga por la primera salida. Luego siga recto.
Prosiguió el camino anunciado por la fría voz femenina mientras una sombra de duda respecto a la capacidad del aparato crecía en su interior.
En aquel momento tuvo que detener el vehículo. Aquella vía terminaba ahí. A pesar de las indicaciones del aparato estaba en un callejón sin salida.
– Siga recto durante doscientos metros y luego gire a la izquierda.
El estruendo le tomó completamente por sorpresa cuando iniciaba la maniobra para dar la vuelta al vehículo y salir de allí. El golpe que el más bajo de ellos asestó con su bate de béisbol dejó el cristal delantero hecho añicos.
– Estamos aquí para servirle. Buenas noches y buen viaje.
Indiferente a todo ello una agradable voz femenina dijo de forma desapasionada:
– Siga recto durante doscientos metros y luego gire a la izquierda.
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